domingo, 11 de mayo de 2008

Un piso antes del séptimo cielo

Al llegar al portal nos buscamos
como dos estudiantes en celo
Un piso antes del séptimo cielo
se abrió el ascensor...


Joaquín Sabina

¿A qué piso vas? Al sexto, dice y parece que está diciendo al sexo. El pelo recogido, gafas de intelectual y ese traje de chaqueta clásico no ocultan a la mujer que se esconde debajo. No puedo evitar cerrar los ojos, inspirar profundamente y dejar que su olor me traspase, me llene, se me clave profundamente en las entrañas. Repito de nuevo el mismo gesto, para empaparme de ella un poco más. Abro los ojos solo para encontrarme con los suyos, que la penumbra del ascensor no puede disimular. Brillan con deseo contenido, con lascivia, con hambre...


Debería sorprenderme y sin embargo resulta todo tan natural... Mis manos adquieren vida propia y su chaqueta cae al suelo silenciosamente. La camisa se me resiste por lo que sin dudar agarro los dos extremos y tiro. Los botones suenan a lluvia al caer al suelo, y mis manos recorren su espalda buscando el cierre del sujetador que les sigue instantes después.



Como es posible no haber besado antes esta boca, pienso en un arranque de cordura, mientras mi lengua se abre paso entre sus labios, invadiendo su aliento. Un gemido ronco sale de su garganta y me invita a seguir. Su boca es como un inmenso sexo ardiente, oscuro, que invita a ser explorado hasta la extenuación. Me separo de ella buscando algún resquicio de oxígeno, tan solo para dejarme atrapar por su imagen doblemente excitante; por delante la falda ha ascendido hasta su pubis, por detrás el espejo me devuelve la promesa de unos muslos rubricados en unos glúteos perfectos y precisos. Mis manos se abalanzan sobre ellos y se aferran como un naúfrago a su tabla de salvación.



La aplasto contra el espejo. Sus gemidos acompasados me excitan tanto o más que el contacto de una de sus piernas contra mi cintura. Exploro sus pezones sonrosados con mi lengua, mientras le doy pequeños mordiscos que provocan que se arquee aún más sobre mí. Mi mano pugna por desabrochar mis pantalones. Es tal mi urgencia que apenas puedo esperar a liberarme para alzarla unos centímetros. Ella lo sabe y sube sus piernas para montarme mientras la penetro con fiereza. A cada embestida la oigo gemir, y la empujo aun más contra el espejo; puedo sentirla ciñéndome salvajemente, en su deseo de clavarme más profundamente en ella. Es un instante único el de su cuerpo tensándose hacia atrás unos instantes para después rendirse sobre mí, que caigo al fin de rodillas al suelo, vencido.



Abro los ojos. Su pelo recogido, sus gafas de intelectual y ese traje de chaqueta que no esconde a la mujer que lleva dentro. Me mira fijamente. Hay un brillo perverso en sus ojos, parece como si leyera dentro de mí, de mis pensamientos. El quinto, dice en un murmullo apenas audible, hemos llegado al quinto. Sus manos tamborilean descuidadamente en el espejo. He cambiado de opinión, yo también voy al sexto, le digo con una sonrisa.

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