Habíamos quedado en el bar de siempre. Llegué pronto, pero no lo suficiente. Allí estabas, el primero, el más formal, don perfecto. Me daba tanta rabia esa forma tuya de mirar, como si fueras superior a todos. Después de unas cervezas tu expresión se suavizaba pero hasta ese momento deseaba golpearte.
Me senté a tu lado. A veces creía ver en ti una expresión de desamparo, pero era solamente un instante y nunca estaba segura… Además precisamente ese día no estaba yo para muchas tonterías. Estaba harta y quería darte un escarmiento, a ti, tan controlado, tan recto, tan distante…
Comenzamos a hablar de cine, y tú empezaste a soltar un rollo de cine independiente y de intelectuales, de esos que me cabrean tanto. No creía poder aguantarlo esta vez (si es que parece que eres el único que sabe de cine). En un impulso cogí la mano con la que hacías tantos aspavientos y te la puse en mi muslo. No olvidaré nunca la expresión de tu rostro. Por unos segundos te descolocaste, lo sé. Luego seguiste con tu disertación mientras tus dedos hacían pequeños círculos en mi muslo distraidamente. Luego tu mano comenzó a ascender despacio por mi pierna, subiéndome la falda. Sabías que te había lanzado un órdago y pensabas que no llevaba cartas…Apoyé mi mano en la tuya y te dije que tenía que ir al baño. Mientras me levantaba vi una expresión de triunfo en tu rostro y eso me hizo decidirme. Por una vez serías tú el sorprendido.
Unos minutos después volví del baño. Mientras me acercaba podía ver tu sonrisa de superioridad, como diciéndome –ves, tenía razón, tú no te atreverías-. Yo no dije nada, volví a sentarme a tu lado, y de nuevo coloqué tu mano justo al borde de laminifalda. Ardía al contacto con mi piel, a pesar de tu rostro frío e impasible, y los ojos te brillaban. Podía ver tu respiración agitada a través de tu camiseta. Pero no me creías capaz.
Volviste a ascender despacio por debajo de la falda, con seguridad, y en tu ascenso estoy segura que pensabas que te iba a detener. Pero no, esta vez no lo hice. Al contrario, levanté la pierna y la coloqué justo sobre la tuya, para darte más territorio a explorar. Debía de tener una expresión salvaje en mi rostro porque esta vez no sonreíste, sino que continuaste tu ascensión hasta mi sexo. Tu cara se contrajo cuando te diste cuenta que no llevaba nada debajo de la falda.
Entonces fue cuando intentaste darme un beso. No, te dije. ¿Y qué quieres? Preguntaste, perplejo. Quiero que me masturbes, te dije. ¿Aquí? O aquí o nunca, respondí. Sabía que era una decisión difícil para ti. Tú no haces ese tipo de cosas, siempre guardas la compostura. Aun así dudaste, momento en el que yo subí más mi pierna para rozarla contra tus vaqueros, que se ceñían más y más a tus caderas por momentos, a la vez que subía un poco más mi pelvis para hacer mi sexo más accesible a tus dedos.
Creía que no te atreverías a pesar de todo. Pero yo también me equivoqué. Tu mano comenzó a acariciarme mientras tus ojos refulgían en una mirada cargada de promesas… Al principio fue fácil disimular, la mesa estaba apartada y nadie nos miraba. Hasta que uno de tus dedos se introdujo dentro de mí. Me sentía líquida, tremendamente excitada. El hecho de que nadie se diera cuenta en el local no hacía más que avivar mi deseo, y creo que también el tuyo. Tu brazo apenas se movía pero tus dedos no se estaban quietos, sino que me embestían una y otra vez, aumentando mis ganas.
Ahora era yo la que quería irme. Tenía hambre de ti. Hice un amago de levantarme sin éxito. Aquí o nunca decías con la boca sin emitir sonido ninguno. En ese instante me sentí el cazador cazado. Pero ya no había vuelta atrás. Mi coño ardía, necesitaba terminar, así que volví a sentarme. Tus dedos se movían dentro de mí cada vez más deprisa, y yo no sabía si podría contener aquel gemido que pugnaba por salir de mi garganta. Me mordí los labios en aquella ascensión infinita que hacía que mis piernas temblaran y mi muslo se moviera contra ti en una espiral. Una de mis piernas se apretaba contra ti mientras la otra se enroscaba en la silla, intentando contener mis movimientos mientras mi espalda se arqueaba levemente. Tus ojos seguían fijos en cada uno de mis gestos, deleitándose en cada detalle, en cada sensación. Por fin conseguí correrme en tu mano empapándola, mientras una gota de sangre caía de mis labios magullados.
Una vez recuperada la respiración te pregunté ¿nos vamos? Ahora sí, dijiste con esa expresión de superioridad tan tuya. Esto no quedará así pensé para mí, mientras te dirigía una sonrisa.
Me senté a tu lado. A veces creía ver en ti una expresión de desamparo, pero era solamente un instante y nunca estaba segura… Además precisamente ese día no estaba yo para muchas tonterías. Estaba harta y quería darte un escarmiento, a ti, tan controlado, tan recto, tan distante…
Comenzamos a hablar de cine, y tú empezaste a soltar un rollo de cine independiente y de intelectuales, de esos que me cabrean tanto. No creía poder aguantarlo esta vez (si es que parece que eres el único que sabe de cine). En un impulso cogí la mano con la que hacías tantos aspavientos y te la puse en mi muslo. No olvidaré nunca la expresión de tu rostro. Por unos segundos te descolocaste, lo sé. Luego seguiste con tu disertación mientras tus dedos hacían pequeños círculos en mi muslo distraidamente. Luego tu mano comenzó a ascender despacio por mi pierna, subiéndome la falda. Sabías que te había lanzado un órdago y pensabas que no llevaba cartas…Apoyé mi mano en la tuya y te dije que tenía que ir al baño. Mientras me levantaba vi una expresión de triunfo en tu rostro y eso me hizo decidirme. Por una vez serías tú el sorprendido.
Unos minutos después volví del baño. Mientras me acercaba podía ver tu sonrisa de superioridad, como diciéndome –ves, tenía razón, tú no te atreverías-. Yo no dije nada, volví a sentarme a tu lado, y de nuevo coloqué tu mano justo al borde de laminifalda. Ardía al contacto con mi piel, a pesar de tu rostro frío e impasible, y los ojos te brillaban. Podía ver tu respiración agitada a través de tu camiseta. Pero no me creías capaz.
Volviste a ascender despacio por debajo de la falda, con seguridad, y en tu ascenso estoy segura que pensabas que te iba a detener. Pero no, esta vez no lo hice. Al contrario, levanté la pierna y la coloqué justo sobre la tuya, para darte más territorio a explorar. Debía de tener una expresión salvaje en mi rostro porque esta vez no sonreíste, sino que continuaste tu ascensión hasta mi sexo. Tu cara se contrajo cuando te diste cuenta que no llevaba nada debajo de la falda.
Entonces fue cuando intentaste darme un beso. No, te dije. ¿Y qué quieres? Preguntaste, perplejo. Quiero que me masturbes, te dije. ¿Aquí? O aquí o nunca, respondí. Sabía que era una decisión difícil para ti. Tú no haces ese tipo de cosas, siempre guardas la compostura. Aun así dudaste, momento en el que yo subí más mi pierna para rozarla contra tus vaqueros, que se ceñían más y más a tus caderas por momentos, a la vez que subía un poco más mi pelvis para hacer mi sexo más accesible a tus dedos.
Creía que no te atreverías a pesar de todo. Pero yo también me equivoqué. Tu mano comenzó a acariciarme mientras tus ojos refulgían en una mirada cargada de promesas… Al principio fue fácil disimular, la mesa estaba apartada y nadie nos miraba. Hasta que uno de tus dedos se introdujo dentro de mí. Me sentía líquida, tremendamente excitada. El hecho de que nadie se diera cuenta en el local no hacía más que avivar mi deseo, y creo que también el tuyo. Tu brazo apenas se movía pero tus dedos no se estaban quietos, sino que me embestían una y otra vez, aumentando mis ganas.
Ahora era yo la que quería irme. Tenía hambre de ti. Hice un amago de levantarme sin éxito. Aquí o nunca decías con la boca sin emitir sonido ninguno. En ese instante me sentí el cazador cazado. Pero ya no había vuelta atrás. Mi coño ardía, necesitaba terminar, así que volví a sentarme. Tus dedos se movían dentro de mí cada vez más deprisa, y yo no sabía si podría contener aquel gemido que pugnaba por salir de mi garganta. Me mordí los labios en aquella ascensión infinita que hacía que mis piernas temblaran y mi muslo se moviera contra ti en una espiral. Una de mis piernas se apretaba contra ti mientras la otra se enroscaba en la silla, intentando contener mis movimientos mientras mi espalda se arqueaba levemente. Tus ojos seguían fijos en cada uno de mis gestos, deleitándose en cada detalle, en cada sensación. Por fin conseguí correrme en tu mano empapándola, mientras una gota de sangre caía de mis labios magullados.
Una vez recuperada la respiración te pregunté ¿nos vamos? Ahora sí, dijiste con esa expresión de superioridad tan tuya. Esto no quedará así pensé para mí, mientras te dirigía una sonrisa.

No hay comentarios:
Publicar un comentario